Los debates presidenciales representan mucho más que un intercambio de ataques o promesas de campaña. Son uno de los pocos momentos en que millones de ciudadanos pueden observar directamente el carácter, la capacidad de reacción y la solvencia política de quienes aspiran a gobernar el país. Por eso, el debate programado para el próximo 31 de mayo entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez podría convertirse en un punto de quiebre para una elección marcada por la polarización y un gran número de indecisos o que piensa votar en blanco o viciado.
En el caso de Keiko Fujimori, esta es su cuarta postulación presidencial y quizá también la campaña donde se percibe un cambio más evidente en su estilo comunicacional. En anteriores procesos electorales mostró dificultades para conectar emocionalmente con amplios sectores de la población y cargar con el peso de un fuerte antivoto. Hoy intenta proyectar una imagen más moderada, menos confrontacional y enfocada en transmitir estabilidad y racionalidad. La estrategia parece apuntar a reducir temores antes que exacerbar divisiones.
Su contendor, en cambio, apuesta por un discurso mucho más encendido y confrontacional, apelando constantemente a la indignación y al rechazo hacia sus adversarios. Esa diferencia de estilos probablemente marcará el tono del debate. Sin embargo, lo verdaderamente importante es que el país pueda escuchar propuestas concretas y visiones claras sobre cómo enfrentar la inseguridad, la crisis económica y el deterioro institucional.




