Uno de los grandes errores de Keiko Fujimori fue el rescoldo de revancha que le dejó la campaña frente a Pedro Pablo Kuczynski, que la derrotó, en 2016. La historia es conocida y la propia hija de Alberto ha reconocido que el sabotaje que emprendió desde el Congreso hasta acabar con el régimen de PPK, y erigir al lastre de Martín Vizcarra, fue un yerro de proporciones del que, sin duda, ha aprendido.

Como es lógico, con estas decisiones históricas que adoptan de forma contraproducente quienes ejercer algún poder, no son ellos lo que pierden, sino el país, sus expectativas de crecimiento y desarrollo y, dentro de él, los peores afectados son los más pobres.

Rafael López-Aliaga tiene en la experiencia de 2016 un espejo al que le debe dar la espalda. El exalcalde de Lima ha dicho, claramente, que el país está primero que todo, por encima de él –y también de sus egos– y, pese a que no hay dudas de que ha sido la víctima principal de los estropicios infames de Piero Corvetto y de la ONPE, es hora de voltear la página y priorizar, por ejemplo, a ese 25,7% de la población en condición de pobreza, según el INEI.

El que la hace, la paga, dice el certero refrán, y Keiko pagó con su derrota de 2021 lo que hizo con PPK en 2016. ¿A qué vamos?  A que López-Aliaga puede empezar a forjar hoy su triunfo de 2031. No solo desde la labor que tendrán sus bancadas en el Congreso Bicameral sino llamando a sus casi dos millones de electores a votar por Keiko, la única opción que asegura la continuidad de la democracia y la continuidad del modelo. La única opción que no asegura que estaremos mejor, pero que asegura que no estaremos peor.