Ahora que es un hecho que el fenómeno El Niño viene con fuerza y amenaza a nuestro país que nunca está preparado para este evento que cada cierto tiempo nos trae lluvias, desbordes, inundaciones y demás situaciones que dejan muertos, heridos y millonarias pérdidas, especialmente en la costa norte, sería bueno recordar no solo situaciones más recientes como las llamadas Niño Costero (2017) y Ciclón Yaku (2023), sino ir más atrás y tener presente lo sucedido en el ardiente verano de 1998.

Para empezar, el invierno de 1997 no fue tal, sino un “verano” total –como sucede ahora– que anticipó el brutal Niño que sacudiría el país desde el año siguiente, a pesar de que dentro de las limitaciones de un país en recesión, se tomaron medidas de prevención a fin de no repetir la trágica experiencia del Niño de 1982-1983, cuando el Perú sufrió una devastación en medio de la irrupción de la violencia terrorista y la inflación que ya nos comenzaba a golpear. Eran los primeros años del gobierno de Fernando Belaunde.

Como reportero me tocó cubrir la amarga experiencia de El Niño de 1998, especialmente en Tumbes, Piura y Lambayeque, regiones que tuvieron zonas realmente golpeadas y donde hoy, 28 años después, el peligro se mantiene vigente. Un ejemplo es el barrio San José, una zona baja ubicada a pocas cuadras del centro de Tumbes, donde se acumulan las aguas luego de cualquier desborde del río que cada verano amenaza las bases del puente que permite el ingreso a la ciudad o de algunas horas de lluvia.

El Piura, dos de los cuatro puentes que unen al centro con Castilla, el histórico Puente Viejo y el Puente Bolognesi, fueron barridos por la fuerza del río, mientras el distrito de Cura Mori y el caserío Chato Chico se inundaron al igual que en 2017. En Sullana, el Canal Vía se desbordó. En Chiclayo, una lluvia caída el 14 de febrero hizo colapsar a la ciudad y barrió con cientos de casas de adobe que sufrieron la erosión de sus bases, mientras que en Picsi la gente terminó durmiendo en el cementerio, que está en una zona elevada.

Los daños de ese evento fueron descomunales y afectaron drásticamente a la economía, que no era tan sólida como la actual. Hubo decenas de muertos, heridos, gente afectada por dengue, familias sin casa y carreteras como la Panamericana Norte cortadas en varios tramos por la activación de quebradas y el desborde de ríos, lo que afectó el transporte de personas y mercancías. El agro y la pesca colapsaron. Todo lo relatado líneas arriba lo vi de cerca y fue una tragedia. Ojalá se tomen las medidas de forma oportuna para no repetir la historia.