Probablemente, el antídoto más eficaz para contrarrestar el enorme desprestigio que hoy padece nuestra asamblea representativa sea el retorno a la bicameralidad. Para una inmensa mayoría, el Congreso es prácticamente un desierto de la inteligencia, el recinto donde sobreabunda la incompetencia y escasea la excelencia. En el imaginario colectivo permanece la idea fija de que nuestro Congreso unicameral es el símbolo de la degeneración política y que sus integrantes son intelectualmente infértiles, ofenden la investidura parlamentaria, y que, en la actividad política, la picardía y astucia han sustituido groseramente a la decencia y honestidad. Nuestro razonamiento parte desde esta premisa: Tenemos un Congreso desprestigiado. Es probable que dejando el modelo legislativo unicameral y adoptando el modelo de organización parlamentaria bicameral, la labor legislativa mejore en calidad y se recupere lentamente el prestigio de la labor parlamentaria. Se espera que el diseño bicameral le aporte mayor estatura intelectual a la institución, ya que en el Senado (al menos teóricamente) predomina la serenidad en el juicio y la tendencia a juzgar reposadamente las cosas. Con el Senado habrá mayor deliberación en el proceso de formación de leyes y se buscará su perfeccionamiento. Una desventaja de este modelo es que se introduce sutilmente un principio de jerarquías: Mientras que en la cámara baja, mandan las bajas pasiones (mayor agitación política, enceguecimiento ideológico), en la cámara alta mandan los más elevados pensamientos (visión de futuro, reflexividad). Esperemos que con la incorporación del Senado, los debates y programas parlamentarios sean más razonables y decentes.