Por querer meter la mano en los ascensos en el Ejército y la Fuerza Aérea del Perú (FAP) en el año 2021, el entonces Pedro Castillo y su ministro de Defensa, Walter Ayala, han sido denunciados por el Ministerio Público por abuso de autoridad, patrocinio ilegal y cohecho pasivo propio, y ahora tendrán que responder por estos hechos en los que también estuvo metido Bruno Pacheco, quien se creía en todopoderoso por cargarle los sobres de manila al profesor.
También tendrán que responder por los ascensos en la Policía Nacional, en que según se ha denunciado, hubo pagos de parte de varios coroneles para ponerse los galones de general. Lo alucinante de esta historia es que varios de estos oficiales siguen en actividad y lo más probable es que a fin de año sean pasados al retiro por la causal de “renovación”, es decir, se irían por la puerta grande y con todos sus beneficios.
Recordemos que este fue uno de los primeros escándalos que salió a la luz. Ocurrió cuando Castillo y Ayala despidieron de la noche a la mañana a los comandantes generales del Ejército y la FAP, Luis Vizcarra y Jorge Chaparro, respectivamente, quienes se habían negado a aceptar los pedidos formulados por el mandatario a través de su secretario, ese triste personaje al que le encontraron 20 mil dólares en el baño su oficina. Más tarde vino el caso de la PNP.
Pudieron sacar a ambos generales a fin de año y quizá no pasaba nada, pero como se creían poderosos, de forma prepotente decidieron “vengarse” de Vizcarra y Chaparro echándolos de la noche a la mañana a inicios de noviembre, una fecha nada frecuente para este tipo de relevos. No midieron el efecto que esto tendría, pues ambos oficiales de excelentes antecedentes optaron por hablar y denunciar las presiones palaciegas que habían recibido.
Dudo que esos intentos de ascensos hayan tenido motivaciones “inocentes” como el simple deseo de dar una “mano” a amigos y paisanos o, en el caso de la PNP, solo por llenarse los bolsillos. Tengamos en cuenta que luego Castillo dio un golpe de Estado que para no fracasar hubiera necesitado por lo menos de un grupo de militares y policías incondicionales, dispuestos a devolverle el favor a quien les regaló o vendió los galones. Acá nada fue casualidad.




