Es cierto: el presidente José Jerí es indefendible. Sus explicaciones ante la Comisión de Fiscalización no solo fueron inconsistentes, sino francamente hilarantes. Lejos de despejar dudas, confirmó la sensación de improvisación y ligereza con la que ha manejado un episodio que, por su gravedad, exigía claridad y transparencia. Jerí habló, pero no convenció; explicó, pero no aclaró. Hasta ahí, el diagnóstico es claro.

Sin embargo, reducir el espectáculo a la torpeza presidencial sería quedarse a medio camino. En el Congreso abundan los congresistas que han visto en este caso una oportunidad dorada para jalar agua para su molino. Muchos de ellos están en campaña y han convertido la fiscalización —una función seria del Parlamento— en una pasarela política. El escándalo les cayó como anillo al dedo.

No es casualidad que, después de mucho tiempo, la Comisión de Fiscalización haya lucido casi llena. Tantos congresistas juntos no respondían a un súbito amor por el control político, sino a la necesidad de exposición mediática. Micrófono en mano, más de uno habló pensando menos en el país y más en el titular, en el clip para redes y en los votos para la reelección.

Jerí, por su parte, ha hecho lo imposible por salvar su imagen y aferrarse al cargo. Pero el país ya está saturado de ruido, gestos y sobreactuaciones. Es momento de que el Parlamento decida con seriedad y sin cálculo electoral. Allí se verá quién fiscaliza por convicción y quién solo actúa para la tribuna.