¿Recuerda usted cuando las palabras “estado de emergencia” significaban algo? Hacemos la pregunta porque ayer se volvió a ampliar, por 30 días, esta medida de excepción pese a que en los 149 días de Lima y Callao que se encuentran bajo ella, la delincuencia no solo se ha desatado, sino que también se ha envalentonado.
Los asesinatos a choferes de transporte público que se negaron a pagar cupos aumentaron. Los ataques extorsivos a negocios que rechazaron pagar protección también. Miles de bodegas y pequeños negocios han cerrado porque no pueden pagar a los extorsionadores y, ante la inacción y complicidad de las autoridades, la delincuencia se ha vuelto tan osada que hasta roban kilos de oro a plena luz del día.
Así, el “estado de emergencia” se vuelve letra muerta. La presencia de militares en las calles, anunciada como la panacea para poner fin a la inseguridad ciudadana, no ha servido de nada. La tasa de homicidios ha crecido en 2026 y salvo anuncios complacientes del Gobierno y la Policía Nacional del Perú, la situación no ha variado en nada.
¿Estamos los ciudadanos abandonados a nuestra suerte? Lamentablemente, la repuesta es sí. No podemos esperar nada de un gobierno que está sujeto a las veleidades de unos congresistas que están más interesados en dictar medidas populistas y en asegurar su reelección, que cumplir para lo que fueron elegidos: representar y proteger al pueblo que representan.




