Hay una especie de discurso suicida y demagógico que escucho por parte de cierta clase política que aspira a detentar el poder. Tal discurso, en su versión edulcorada, se dedica a despotricar contra el Estado sin ofrecer soluciones realistas y, en su manifestación radical, pretende la reducción del Estado hasta su práctica irrelevancia. Sabemos que en elecciones la demagogia y el suicidio van de la mano y convierten a los candidatos en aprendices de brujos que no saben qué cajas de Pandora abren, hasta que los vientos y las tormentas terminan por borrarlos del mapa.

Por supuesto, nadie defiende una estatolatría maniquea, absurda por tiránica, cortoplacista y sectaria. Aspirar a un Estado todopoderoso equivale a entregarle a un peligroso Leviatán toda la supremacía, sin frenos ni contrapesos, bajo la ficción de la autorregulación infinita. Sin lugar para la auctoritas, un Estado despótico, o su versión latina de Ogro Filantrópico, no tardaría en convertirnos a todos en esclavos, zombies idiotizados que vagan por los caminos de la servidumbre. Sin embargo, el otro sendero también es peligroso. Un Estado castrado, sin capacidad de reacción, sin un plan concreto, sin proyecto ni objetivo, un Estado anémico en un país como el Perú es sinónimo de anarquía e indefensión. La debilidad siempre ha incendiado nuestros Andes. 

La virtud está en el justo medio. El Perú necesita un Estado en forma, un Estado funcional, moderno, capaz de transformarse y abrazar la revolución tecnológica, que convierta a nuestro país no solo en un productor de materias primas, también, y esto es esencial, hemos de legar a nuestros hijos una nación soberana que busque conscientemente la hegemonía en el Pacífico Sur, como antes, como siempre. Para eso necesitamos políticos valientes que reivindiquen el valor del Estado y no aprendices de brujo que lo quieran liquidar.