Las elecciones terminan el día en que se cuentan los votos. La esperanza, en cambio, empieza al día siguiente. Es un sentimiento silencioso, casi imperceptible, que acompaña a millones de ciudadanos cuando depositan en un nuevo gobierno la ilusión de que, esta vez sí, las cosas pueden cambiar.

Eso parece reflejar la última encuesta de Datum. Más de la mitad de los peruanos cree que el país estará mejor dentro de cinco años. No es un dato menor. Después de una década marcada por presidentes que no terminaron sus mandatos, enfrentamientos entre poderes del Estado, escándalos de corrupción y una creciente inseguridad, el optimismo vuelve a asomar tímidamente. No significa que la confianza esté plenamente recuperada, sino que aún existe una oportunidad para reconstruirla.

Sin embargo, la esperanza tiene fecha de vencimiento cuando no encuentra resultados. Ningún gobierno vive indefinidamente de las expectativas que genera durante la campaña. La paciencia ciudadana suele ser más corta que los periodos presidenciales. Por eso, el verdadero capital político de Keiko Fujimori no será únicamente el respaldo obtenido en las urnas, sino la capacidad de convertir esa expectativa en hechos concretos.

Y existe una prioridad que no admite postergaciones. Para el 73% de los peruanos, la inseguridad ciudadana constituye el principal problema nacional. No es una cifra fría; es el reflejo del miedo cotidiano. Es el comerciante que paga cupos para poder trabajar, el transportista que teme ser extorsionado, la madre que espera angustiada el regreso de sus hijos...

Ese será, probablemente, el examen más difícil del nuevo gobierno. Los peruanos ya no esperan diagnósticos. Los conocen de memoria. Esperan que alguien tome decisiones y las lleve hasta el final.