El que aparezca por ahí un candidato presidencial ofreciendo “abrazos y no balazos” en lugar de una fina y detallada estrategia para poner freno a la criminalidad que mata, roba, extorsiona y secuestra en las calles, es sin duda una tomadura de pelo y una falta de respeto a los peruanos. Y esto es lo que hace Ricardo Belmont, quien cree que con el floro barato, las metáforas deportivas y el palmoteo de hombro va a acabar con una lacra que hasta el momento nadie logra detener.

Mientras la gente exige acciones decididas de gente responsable, y sobre todo mano dura contra la delincuencia, este caballero que se quedó anclado en los años 80, ofrece abrazar a lo peor de la sociedad para que deje de delinquir. Incluso, en una muestra clara de estar fuera de la realidad, el candidato de Obras afirma que cuando los criminales vean que Ricardo Belmont –así, en tercera persona para referirse a él mismo– no roba desde el gobierno, ellos tampoco lo harán.

Sería bueno saber qué dicen al respecto los transportistas a los que balean dentro de sus unidades llenas de pasajeros para que paguen los cupos exigidos, los padres que han visto morir a un hijo porque se resistió al robo de su teléfono, los comerciantes a los que les ponen un petardo de dinamita en las puertas de sus locales, el estudiante al que lo asaltan para robarle la laptop que está pagando a plazos o los miembros de una familia a los que les vaciaron la casa un domingo cuando fueron a comer un pollo a la brasa a la esquina.

Un problema complejo debe ser afrontado con seriedad y, sobre todo, responsabilidad. Un país como el Perú con problemas tan profundos como el mencionado y otros, no puede ser conducido por un charlatán que además carga una pasada mochila por su lamentable gestión como alcalde de Lima, y que desde décadas es señalado por engañar a miles de familias con el cuento del “accionariado difundido” para armar juntos un canal de televisión, que terminó con el hoy candidato como único propietario.

Luego de la experiencia de haber tenido a Pedro Castillo como mandatario, el Perú no puede volver a dar un salto al vacío eligiendo a un personaje como Belmont, el que abandonó Lima cuando fue dos veces su alcalde, el que dio las espaldas a sus “socios”, el que quiere dar abrazos a criminales que merecerían la pena de muerte, el que no cuenta con un equipo adecuado para ponerse al frente del país y el que cree que todo se soluciona recetando sus “pastillas para levantar la moral”.

TAGS RELACIONADOS