En política, la coherencia suele ser un lujo escaso, pero lo de Roberto Sánchez roza el cinismo. Tras marcar distancia con su otrora aliado Antauro Humala —a quien pasó de socio a un apestado—, ahora intenta reconfigurarse como un candidato moderado, casi institucional. El viraje no responde a una evolución ideológica, sino a una necesidad electoral: sumar lo que sea, como sea, con tal de sobrevivir en una hipotética segunda vuelta.
Donde antes había confrontación, ahora hay prudencia; donde había discursos incendiarios, hoy aparecen guiños a la estabilidad. Su cambio de postura frente a Julio Velarde y el Banco Central de Reserva del Perú es el mejor ejemplo: de cuestionar su continuidad a prometer respeto por la autonomía monetaria. No es una rectificación sustentada, es un ajuste de campaña. Una señal enviada no a la convicción, sino al mercado electoral.
Pero el intento de “lavado de cara” va más allá de la economía. Sánchez ahora se define como humanista, rehúye etiquetas incómodas y busca suavizar su narrativa. El problema es que el electorado no es amnésico. Los discursos radicales no se evaporan por decreto ni se diluyen con una frase bien calculada. La credibilidad no se construye en semanas, y menos aún cuando los giros parecen dictados por las encuestas y no por principios.




