El país contiene la respiración mientras avanza el conteo de la Oficina Nacional de Procesos Electorales y se intenta despejar la incógnita sobre quién acompañará a Keiko Fujimori en la segunda vuelta. En medio de esa tensión, casi como si se tratara de una escena paralela, el presidente del Consejo de Ministros, Luis Enrique Arroyo, acude hoy al Congreso para solicitar el voto de confianza.

El Gobierno llega debilitado. No solo por el ruido del proceso electoral, sino por una crisis que ya era profunda y que hoy se agrava con la percepción de desorden e incertidumbre. La criminalidad avanza sin contención, la ciudadanía vive con miedo y el Ejecutivo parece ausente. Más preocupante aún: el jefe de Estado no transmite liderazgo ni garantiza condiciones mínimas de confianza en un momento en que el país necesita certezas. La sensación de vacío en la conducción política es, quizás, el problema más urgente.

Lo que está en juego, sin embargo, trasciende a un gabinete o a una votación. Es la capacidad del Estado para sostenerse en pie en medio de la tormenta. Si el Ejecutivo no logra el respaldo necesario, la inestabilidad volverá a instalarse con fuerza en un momento particularmente sensible para la democracia. Y si lo consigue sin corregir sus debilidades, apenas habrá ganado tiempo. El Perú no necesita solo sobrevivir a esta coyuntura: necesita recuperar el rumbo.

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