El Perú no vive una crisis política más. Está atrapado en una sensación colectiva mucho más profunda: una pesadilla de la que no logra despertar. No es esta una metáfora exagerada. Es el sentimiento que viven los peruanos, al profesional, al académico, al e mpresario, al estudiante, el trabajador. La percepción de que el país ha perdido el control de su destino. La criminalidad avanza sin respuesta eficaz del Estado. Territorios enteros parecen sometidos a economías ilegales. Las mafias ganan espacio mientras el poder político discute, calcula, retrocede o simplemente improvisa. La máxima consulta electoral es una parodia de equivocaciones. El resultado es devastador: se erosiona la confianza, se debilita la autoridad se instala el miedo. Se suma la deslegitimación del poder político. No son solo errores, estamos en el camino de una fractura entre el Estado y la sociedad. Temas estratégicos, como la defensa nacional con la compra de los F-16 manejada torpemente, la conducción de la seguridad, las maniobras electoreras se debaten envueltos en dudas, sospechas y falta de claridad. Ni el voto popular se respeta, nada transmite certeza. Y ese es el mayor peligro. Las naciones no colapsan de un día para otro. Se deterioran lentamente, cuando la sociedad deja de creer y el poder político deja de responder y convencer. El Perú quiere salir de esta pesadilla. Y eso exige algo más que discursos: reconstruir la legitimidad, recuperar la capacidad del Estado y devolver a los peruanos una razón para despertar y poder confiar. La salida no es imposible, nos falta un conductor.




