El nuevo presidente de Chile, José Antonio Kast, decidió estrenar su mandato erigiendo un muro en la frontera con Perú con el “Plan Escudo Fronterizo” que anunció en su mensaje del pasado 11 de marzo.
No podemos decir que esta acción sea sorprendente pues la “mano dura” contra la inmigración ilegal fue una de las promesas que enarboló en la campaña que finalmente lo llevó a suceder al izquierdista Gabriel Boric. La pregunta es si el cierre de fronteras, así de golpe, resuelve algo de este problema que se repite en toda la región o solo posterga una crisis con cimientos más profundos que cualquier pared de cinco metros de altura que erigirá en el límite con Perú.
La respuesta es no, porque los muros no frenan la desesperación y la experiencia ha demostrado que estas barreras rara vez detienen la migración: la encarecen, la hacen más peligrosa y multiplican el poder de los traficantes, pero no la evitan. Tampoco olvidemos que no importaba cuán fortificado estaba el Muro de Berlín, miles murieron intentando cruzarlo.
Chile es un país soberano, puede hacer lo que le plazca dentro de sus linderos y controlar su frontera es legítimo. El problema para nosotros es que no va a parar la inmigración ilegal y se convertirá en una crisis humanitaria y de seguridad en la que el Perú se verá obligado a intervenir.




