Nunca hubo más de 30 candidatos presidenciales en nuestro país, nunca un debate presidencial duró seis días, nunca antes faltaron instalarse 211 mesas de sufragio, que corresponden a 63 mil 300 electores. Este proceso electoral ha sido uno de los más inéditos de toda la historia.
La incertidumbre, fiel compañera de nuestra política, no se retiró ni siquiera al cierre de las votaciones. A cuatro días de las elecciones generales, el único nombre que avanza con paso firme hacia la segunda vuelta es el de Keiko Fujimori. El resto se mueve en el terreno de las sospechas, los márgenes estrechos y las proclamaciones prematuras. Rafael López Aliaga, fiel a su estilo, no tardó en denunciar fraude antes de que el polvo siquiera se asentara. Y con su polo rojo llamó a la insurgencia civil para defender su “triunfo”. En el Perú, perder nunca es solo perder: siempre hay una narrativa de conspiración en contra lista para ser activada.
Pero si hay un dato que atraviesa el ruido es el regreso —o la persistencia— del fujimorismo como partido gravitante en el escenario nacional. Más allá de simpatías o rechazos, el resultado de Fuerza Popular confirma que sigue siendo una maquinaria electoral eficaz. No solo por el primer lugar de Fujimori, sino por su presencia dominante en el Congreso, con la mayor cantidad de curules en ambas cámaras. En Lima y en varias regiones, el partido ha vuelto a demostrar que su base, lejos de diluirse, se reorganiza y resiste. El desgaste, que muchos daban por definitivo, parece haber sido apenas una pausa.
Sin embargo, la segunda vuelta será otra cosa. Lo que hoy parece sólido puede desmoronarse en semanas. Allí ya no bastará el voto duro; será el terreno de las alianzas, los miedos y las decisiones finales.




