El retorno a la bicameralidad puede sonar innovador para los ciudadanos más jóvenes, pero en realidad se trata de una reforma correctora que vuelve apostar por un modelo de Congreso que forma parte de nuestra historia republicana. No obstante, la vuelta del Senado no sólo se reduce a una reforma formal, tampoco es un beneficio personal para los representantes, sino la decisión política para introducir un contrapeso a  y desconcentrar las competencias parlamentarias en dos cámaras. El Senado operará con una actitud más reflexiva, revisando los proyectos de ley de los diputados y nombrar a las altas autoridades previstas en la Constitución: defensor del pueblo, magistrados del Tribunal Constitucional, Contralor General, directores y superintendentes, entre otros.

Si somos realistas, el Senado no será la solución a los problemas de funcionamiento de la representación parlamentaria, pues, se requieren otros ajustes no menos importantes: eliminar el voto preferencial, aprobar la elección uninominal de los parlamentarios por distrito único, dejar atrás la interpretación que distingue el transfuguismo “bueno”  del “malo”, entre otras enmiendas, para ponerle fin a la progresiva fragmentación de la representación política durante el mandato legislativo. Por tanto, cabe decir que no será el final sino el principio de un camino no exento de retos y dificultades como cualquier emprendimiento en la vida.

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