Las sombras de corrupción que se ciernen sobre la gestión del presidente José Jerí no solo han erosionado la confianza en el Gobierno; han abierto una grieta peligrosa en el sistema democrático. El problema ya no es únicamente el mandatario y sus explicaciones endebles, sino el efecto corrosivo que este descrédito produce en la ciudadanía. Cuando la gente empieza a creer que “todos son iguales” y que nada vale la pena, la democracia comienza a desintegrarse desde adentro.
El verdadero riesgo no es que Jerí caiga y deje la presidencia, sino que su desgaste se convierta en una fuerza desestabilizadora. Una sociedad que desconfía de todo y de todos es una sociedad vulnerable, dispuesta a abrazar cualquier discurso que prometa orden, castigo o venganza, aunque el precio sea la institucionalidad.
El analista político y escritor Moisés Naím lo ha advertido con claridad: la degradación del poder fomenta la aparición de criminales que atentan contra la seguridad de las naciones y de personajes que erosionan la democracia. Ese deterioro, además, “ha facilitado el auge de grupos políticos extremistas”. No es una teoría académica; es una constatación empírica que se repite en distintos países, y el Perú no es la excepción.
Estos actores no enfrentan al sistema desde la lucidez ni desde propuestas serias, sino desde el resentimiento. Descalifican, atacan, incendian y generan caos porque saben que el desorden es rentable electoralmente. No buscan corregir los fallos de la democracia, sino aprovecharlos para dinamitarla y luego presentarse como salvadores.




