Cualquier peruano que ame a su país y crea en la democracia y las libertades, debería sentir vergüenza de salir a las calles a marchar para exigir la excarcelación y la vuelta a Palacio de Gobierno de un sujeto tan nocivo como el recluso Pedro Castillo, quien cumple dos órdenes de arresto preventivo, la primera por golpista y la segunda por ser el presunto cabecilla de una banda de hampones que desde el poder más alto se dedicó a saquear el país y a tratar de impedir que la justicia los investigue.

Entiendo que la gente esté en contra del gobierno y exija medidas contra la pobreza, la delincuencia y cualquier problema que nos agobie. El Perú no es el país de las maravillas. Comprendo también que pidan, aunque sea un absurdo jurídico, el cierre de este Congreso de impresentables. Los últimos Parlamentos no han sido populares y es evidente que hay descontento, aunque en realidad no queda otra que soportarlos. Votamos por ellos y hay que aguantarlos si es que la ley no permite mandarlos a todos a sus casas antes de tiempo.

Pero pedir la excarcelación de Castillo y además de eso, plantear su retorno al poder sabiendo lo que hizo al lado de Aníbal Torres, Betssy Chávez, Alejandro Salas, Bruno Pacheco, sus sobrinos, sus paisanos, sus amigotes y sus ministros corruptos aliados de gente como Sada Goray, es casi ser cómplice de este sujeto que al final se fue por la puerta falsa y directo a la cárcel por dar un golpe de Estado para cerrar el Congreso y adueñarse del sistema de justicia que lo tenía contra las cuerdas.

Irónico que muchos de los que sueñan con volver a Castillo en la Presidencia del Perú, sean los mismos que por décadas se la han pasado criticando -con razón- los delitos y excesos de Alberto Fujimori, que estuvo al frente de un gobierno corrupto y también golpista. El doble rasero en su máxima expresión. El descaro más grande exhibido sin mayor rubor en los medios y las redes sociales. Claro, el “chino” era de derecha, y el chotano de izquierda. Ese es el punto. Para los amigos todo, y para los enemigos, la ley.

El Perú necesita avanzar y no puede estar a merced de seguidores y escuderos de un sujeto como el golpista encerrado en la cárcel que se dice secuestrado y apela a la victimización cada vez que le ponen una cámara por delante. Nadie puede llamarse “demócrata” ni “luchador social” si es que aplaude un vil golpe de Estado y el robo descarado a los peruanos más pobres, a ese “pueblo” con el que tanto se llenaban la boca Castillo y sus cómplices para ganar votos de quienes hoy deberían ser los primeros defraudados. 


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