Si alguien creía que ya habíamos tocado fondo, el Congreso se encargó de recordarnos que en el Perú siempre se puede caer más bajo. La institución presidencial —ya bastante erosionada— ha quedado literalmente en el subsuelo tras la elección de José María Balcázar como titular del Legislativo y, por esas piruetas constitucionales que se han vuelto costumbre, como presidente de la República. Así, una de las peores composiciones parlamentarias de nuestra historia ha decidido que el país sea conducido por una figura rodeada de cuestionamientos graves y múltiples denuncias –prevaricato, fraude, estafa y una larga lista adicional– que, en cualquier democracia mínimamente exigente, habrían encendido todas las alarmas.
El estreno tampoco ofreció consuelo. En su primer discurso, la improvisación fue tan evidente como la ausencia de una idea rectora. Referencias históricas lanzadas al aire, conceptos inconexos y ninguna hoja de ruta. No hubo visión, ni proyecto, ni siquiera una narrativa coherente que permitiera suponer que existe un plan de gobierno. Lo que quedó fue la sensación inquietante de que el timón está en manos de un inoperante.
Cuando el Legislativo se inclina sistemáticamente por la peor opción posible, deja de ser contrapeso y se convierte en lastre. Y un país con el poder convertido en lastre no avanza: se va a la deriva.




