El sábado último, los peruanos de bien celebraron los 34 años de la captura del cabecilla senderista Abimael Guzmán, y el inicio de la debacle de su banda que nos ocasionó miles de muertos y heridos, y cuantiosos daños materiales. Sin embargo, este año la fecha ha dejado un mal sabor, un tufillo a desilusión que no se puede pasar por alto.

Gracias a Juntos por el Perú (JPP), hoy tenemos sentada en el Congreso a gente vinculada a esta banda terrorista, y a elementos que tienen como cabecilla a Antauro Humala, un sujeto que reivindica públicamente a estos salvajes que mataban a campesinos y mujeres embarazadas con machetes y hachas.

Estamos seguros que hace 34 años, cuando las muertes, los apagones, las amenazas, los llamados “paros armados” y los temores de no volver a casa ante la posibilidad de pasar por un lugar donde los terroristas hacían detonar un coche bomba, eran cosa de todos los días, nadie imaginó que años después estos criminales iban a tener su propia bancada.

El Perú, como Estado y sociedad, ha fallado al no haber enseñado a las nuevas generaciones lo que significó la irrupción terrorista. Los senderistas y quienes reivindican a Guzmán y compañía, deberían ser repudiados por ser lo que son: lo peor que ha podido generar nuestro país. Pero no, hoy incluso llegan al Congreso y les tenemos que pagar un sueldo.