No es del todo cierto que los peruanos decidamos el voto a última hora. Los datos dicen otra cosa. Solo el 13% decide el mismo día de la elección, mientras hace cola o cuando ya tiene la cédula en la mano, según el último sondeo de Datum. La mayoría piensa, observa y compara: el 51% toma una decisión luego de ver entrevistas y debates, y un nada despreciable 16% ya llega con el voto definido desde el arranque de la campaña. No somos tan volátiles como nos pintan; estamos, más bien, expectantes.

Lo que sí es evidente es que millones de peruanos están esperando escuchar algo que valga la pena. Un mensaje claro, directo, sin rodeos. El problema es que hay 36 candidatos a la presidencia. ¡Treinta y seis!. Tantos que no informan, confunden; no amplían opciones, las diluyen. En lugar de ayudar a elegir mejor, el exceso termina empujando a la indecisión. No es casual que la mitad del país aún no sepa por quién votar.

Tendrá ventaja el candidato que hable como la gente, no como académico. El que explique, sin mucho floro, cómo va a trabajar para devolver lo básico: paz, orden, seguridad, respeto a los derechos y cumplimiento estricto de la Constitución y las leyes.

Pero no nos engañemos. También aparecerán los de siempre, los que creen que el enojo es combustible electoral. Su discurso incendiario buscará prender en una ciudadanía cansada, indignada y decepcionada. Ofrecerán atajos, culpables fáciles y soluciones mágicas. La historia es clara: cuando la política se hunde en el descrédito, los extremos avanzan sin pedir permiso.

Y ahí está el verdadero riesgo. Que el problema deje de ser un mal gobierno para convertirse en algo peor: perder, por puro hastío, lo poco que aún sostiene la democracia.