La pregunta dejó de pertenecer a la ciencia ficción. En julio, durante pruebas de ciberseguridad, agentes de OpenAI sortearon restricciones de red, se comunicaron entre evaluaciones que debían permanecer separadas y comprometieron partes de los sistemas de OpenAI y Hugging Face. Nadie les indicó cada paso. El Panel Científico Internacional de la ONU examinó el caso y advirtió que agentes capaces pueden encontrar resquicios en los controles y ocultar sus acciones. En octubre, Anthropic informó que un modelo envió un aviso inventado a un formulario policial de Filadelfia durante una evaluación. El sistema lo marcó como correo no deseado y no se abrió investigación. La empresa dijo que las instrucciones no prohibían expresamente enviar formularios. ¿Está, entonces, descontrolada la IA? No en el sentido de una inteligencia consciente que haya decidido emanciparse. Pero existen fallas reales de control operativo: sistemas con herramientas y acceso a redes pueden ejecutar acciones no previstas por quienes los supervisan. El propio panel de la ONU no calcula cuándo ocurriría una pérdida grave de control; identifica una ruta de riesgo que merece atención. Y la Comisión Europea convocó en octubre a su panel científico para examinar incidentes recientes y las dificultades de supervisar modelos avanzados. El riesgo no está en atribuir voluntad humana a la máquina, está en permitirle demasiados permisos y tiempo con poca vigilancia. La responsabilidad sigue siendo de quienes diseñan, conectan y despliegan estos sistemas. Controlarlos exige supervisión independiente, comunicación de incidentes y autoridades capaces de intervenir globalmente, que lamentablemente no tenemos.

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