En los últimos meses se viene reforzando una narrativa que presenta a América Latina y el Caribe como una región obligada a elegir entre dos grandes potencias: Estados Unidos o China. Esta visión, impulsada con fuerza tras las recientes decisiones de Donald Trump, pretende reordenar el mapa geopolítico regional como si el tiempo no hubiera pasado y la historia pudiera revertirse por decreto. Estados Unidos abandonó políticamente a la región durante más de una década, concentrando sus esfuerzos en Medio Oriente y en su disputa global con China. En ese vacío, China avanzó de manera sostenida y concreta con inversión, infraestructura, comercio y presencia estratégica. El megapuerto de Chancay que China opera en el Perú no es una promesa, es un hecho. Y los hechos no tienen marcha atrás. Incluso si Estados Unidos impulsara el megapuerto en el sur peruano, no revertiría una dinámica ya instalada: América Latina se ha integrado de manera irreversible a Asia-Pacífico. Pensar lo contrario es desconocer la magnitud del cambio global. Es un error pensar que solo existen dos opciones. La región no está condenada a un alineamiento binario. Existe una tercera vía: la asociación estratégica con la Unión Europea, el bloque supranacional más cercano a América Latina en valores democráticos, historia, derecho y visión humanista. En un mundo polarizado, la inteligencia política no consiste en elegir bandos, sino en construir autonomía. América Latina ya no es el patio trasero de nadie. Puede —y debe— ser un actor con voz propia en el nuevo orden global. Y el Perú tiene mucho que decir ante este falso dilema.