La reciente intención del Gobierno de incrementar el ISC a la cerveza reabre un debate que no puede postergarse: ¿queremos un sistema tributario que impulse la producción nacional o uno que la debilite?

La cerveza suele ser vista únicamente como un producto gravable. Sin embargo, detrás existe una cadena de valor que genera empleo e inversión. Según la SNI, en el país operan 384 cervecerías, 95% son microempresas y un 3,7% pequeñas empresas. Muchas surgieron en los últimos años apostando por la innovación, el turismo y el desarrollo regional. Un nuevo incremento del ISC puede ser para ellas la diferencia entre crecer o desaparecer.

El impacto no se limita a los productores. También alcanza a bares, restaurantes, bodegas, distribuidores, agricultores, transportistas y miles de pequeños negocios. Para la Asociación de Bodegueros del Perú, la cerveza es cerca del 30% de los ingresos de más de 350,000 bodegas. Cuando una industria pierde competitividad, toda su cadena siente el impacto.

La paradoja es evidente. El consumo per cápita de cerveza en el Perú es de 42 litros anuales, por debajo de Colombia (50), Chile (60), Brasil (70) y México (78). Mientras tanto, el ISC —actualmente de S/ 2,51 por litro— ha crecido 51,2 % en la última década, muy por encima de la inflación acumulada. Este dato no demuestra que exista margen para seguir elevando el impuesto; por el contrario, refleja su efecto disuasivo sobre el consumo formal. Es, en buena cuenta, la curva de Laffer operando en tiempo real: cuando la carga tributaria supera cierto umbral, parte de la demanda migra al mercado informal, erosionando la base imponible en lugar de ampliarla.

Antes de plantear nuevos incrementos, corresponde preguntarse si el problema es la tasa del impuesto o de una vez ampliar la base tributaria y combatir la informalidad que compite, sin pagar ISC ni IGV, con el producto formal.

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