En estos comicios generales, la certera observación que, a finales del siglo XIX, el pensador Manuel González Prada, expresó con la misma agudeza de un médico infectólogo: “el Perú es un organismo enfermo, donde se aplica el dedo brota pus”, sigue siendo un hecho incontestable. La Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) es un organismo constitucionalmente autónomo que tiene el especial encargo de asegurar que las votaciones traduzcan la expresión auténtica, libre y espontánea de los ciudadanos. La soberanía popular, que es el cimiento insustituible de nuestro ordenamiento democrático, está siendo vulnerada por la autoridad electoral. En nuestro sistema democrático-representativo, el consentimiento que otorga el pueblo para ser gobernado por la autoridad política, se manifiesta mediante el sufragio. El fundamento del poder político está en el pueblo y el sistema electoral debe traducir fielmente lo que el pueblo ha sentenciado mediante el ejercicio del derecho al sufragio. Pero, ¡cuántas gravísimas irregularidades encontramos en los procedimientos de la ONPE, que terminan desnaturalizando la voluntad popular y deslegitimando el proceso electoral! Es inadmisible que el organismo electoral con todos los recursos disponibles y años de planificación, falle tan gravemente. La sospecha mayor radica en esta pregunta aparentemente irresoluble por el momento: ¿Es solo un problema logístico o es un plan sistemático para adulterar las elecciones? En cualquiera de los dos casos, quienes dirigen el proceso electoral, demostrarían su incompetencia o su perversidad manifiesta.




