Nos hemos acostumbrado a soportar durante 20 años una clase política que prefiere las formas antes que el contenido. Y por formas me refiero a unas muy particulares que, supuestamente, son las que agradan a nuestro pueblo. Esta suerte de excepcionalismo afirma que nuestra gente opta por el humor y la cercanía, por ese populismo y la chabacanería. Recuerdo a presidentes de todos los pelajes e ideologías representando la comedia de este mundo: corriendo, saltando, dejándose tocar más de la cuenta e incluso peleándose con sus rivales cuando sus asesores así lo indicaban.
Discrepo de esta premisa aunque reconozco que es la predominante. Supongo que me opongo precisamente porque es predominante. El estándar ha bajado, es cierto, pero creo que el Perú, aunque no esté preparado, necesita con urgencia un liderazgo anclado en la gravedad y la disciplina, en la libertad responsable, en la vieja virtud romana. Confieso que veo en la política un alto servicio a la patria (dulce et decorum est pro patria mori) y entiendo, como cualquier lector de la antiguedad, que el servicio es muchas cosas pero nunca grotesco o vulgar. Más aún si se trata de un alto servicio, de un servicio digno de pasar a las mejores páginas de la historia.
Por eso, tengo fe en los liderazgos fuertes que demuestran madurez y equilibrio, virtud y prudencia. Considero que ellos interpretan bien los signos de los tiempos sin dejarse arrastrar por la corriente de la mayoría. Conducen y no se pliegan. Estos liderazgos generan el respeto y consolidan la autoridad. Conviene recordar que nada perdura sin autoridad, que todo pasa, que el poder es contingente, y solo los proyectos políticos construidos sobre la piedra angular de la autoridad (auctoritas) permanecen en el tiempo y prosperan hasta consolidar una sucesión. Todo lo demás, lo banal y lo vulgar, es plagio condenado a la insignificancia.




