Hablar del clima de la ciudad de Lima con sus más de 10 millones de habitantes es volver inevitablemente a Hipólito Unanue, quien a fines del siglo XVIII entendió algo que aún hoy nos cuesta aceptar: el clima condiciona la vida mucho más de lo que se cree.

En sus “Observaciones sobre el clima de Lima” registró con disciplina temperatura, humedad, vientos y cielos, comparando espacios como Chorrillos, Lima y Amancaes.

Este último no era un distrito, sino una zona natural llamada: Lomas de Amancaes (hoy corresponde principalmente a Rímac, Independencia y San Juan de Lurigancho). Sin tecnología avanzada, pero con método, Unanue describió un clima húmedo, estable, cielo gris y dominado por la neblina invernal, patrones locales que aún reconocemos.

Hoy creemos saber más. Con satélites, sensores y entidades científicas, medimos el clima con precisión y analizamos fenómenos complejos recurrentes. En esencia, las zonas que analizó Unanue siguen siendo hoy las mismas áreas de estudio.

Sin embargo, ese conocimiento no ha evitado que transformemos radicalmente nuestro entorno. Donde Unanue observó lomas y variaciones naturales, hoy hay concreto y más concreto.

Donde describió equilibrio, ahora encontramos islas de calor, contaminación y microclimas alterados.

Se suele decir que el ser humano se adapta a la naturaleza. Pero Lima parece demostrar lo contrario. No nos adaptamos: imponemos y luego todos pagan las consecuencias.

Sabemos más, sí, pero entendemos menos. La ironía es evidente: mientras perfeccionamos nuestras herramientas para estudiar el clima, debilitamos las condiciones que hacían habitable a Lima. Y aunque no podemos afirmar que los fenómenos recurrentes hayan aumentado desde tiempos de Unanue, sí es claro que nuestra huella ha vuelto más frágil nuestro entorno. Al final, no será la ignorancia la que nos destruya, sino la arrogancia de creer que la naturaleza siempre cederá. Nunca lo ha hecho.

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