La columna de Umberto Jara, “El poder esta de viaje”, plantea una disyuntiva con la que discrepo: que un presidente tenga que elegir entre ejercer el poder con firmeza o acercarse a la gente. No se trata de poder o cercanía. Se trata de poder con cercanía. Gobernar exige decisiones: enfrentar la inseguridad, combatir la corrupción, destrabar la gestión pública y recuperar la capacidad del Estado. Pero reducir la autoridad solo a medidas duras, es una visión incompleta del poder. La autoridad también se construye con legitimidad, confianza y presencia. Y aquí resulta interesante el propio Maquiavelo, a quien Jara invoca: En El Príncipe, Maquiavelo sostiene que el gobernante necesita conservar la buena voluntad del pueblo, porque sin ella queda sin apoyo en la adversidad. Y cuando plantea la célebre disyuntiva entre ser amado o temido, comienza diciendo que lo ideal serían ambas cosas. Incluso Maquiavelo entendía que el poder no se sostiene solamente en el temor.
El contexto peruano importa. Después de más de diez años de turbulencia política, sucesión de gobiernos infructuosos, enfrentamientos entre poderes y presidentes que no pudieron completar sus mandatos, hemos tenido demasiado poder ocupado en sobrevivir y demasiado poco en gobernar. Hoy, existe un gobierno con cinco años para hacerlo. Cinco años para recuperar la capacidad del Estado, pero también para reconstruir la confianza de una ciudadanía que durante años sintió a ese Estado distante. Durante años reclamamos que los presidentes fueran a las regiones, que se “ensuciaran los zapatos” y que el Estado llegara donde nunca llegaba. Ahora, cuando una presidenta visita comunidades, escucha y verifica personalmente sus problemas ¿debemos concluir que está en permanente campaña y ha renunciado al poder?
La verdadera pregunta no es cuántas regiones visita en quince días la presidenta. Es qué encuentra, qué decisiones toma y qué resultados obtiene. Y allí habrá que juzgarla. Pero tampoco confundamos firmeza con dureza. Un gobernante puede dar órdenes y no tener autoridad. Puede anunciar medidas drásticas y tener un Estado incapaz de ejecutarlas. La dureza no garantiza autoridad. Los resultados sí. El Perú no necesita escoger entre firmeza y cercanía. Necesita firmeza con cercanía.
Después de una década en la que el poder político se consumió en crisis y enfrentamientos, el desafío no es solamente recuperar el poder de decidir, es recuperar la confianza de la gente. Por eso, salir de Palacio no significa necesariamente abandonar el poder. A veces, significa llevarlo hasta donde está la gente. Y cuando ese poder llega con decisiones y resultados, la cercanía deja de ser popularidad y se convierte en autoridad.




