Leyendo hace un tiempo el libro Cine, Política y Comercio (1972) del profesor y secretario de la Junta Directiva de la Unión de Cineastas de la URSS, Alexandr Vasílievich Karagánov, encontré una referencia que ilustra perfectamente bien por qué ciertas instituciones peruanas son imperfectas y deficientes, bien concebidas, pero mal ejecutadas, con intenciones rectas, pero caóticas en su accionar, pues comprobamos por medio de la experiencia que algunas instituciones no alcanzan a satisfacer plenamente la perfecta idea que las engendró. El crítico cinematográfico Karagánov da a conocer la encendida discusión sostenida por el diplomático y politólogo George Kennan con un grupo de estudiantes, en el transcurso de la cual Kennan dijo a sus jóvenes opositores: “El mal del mundo no radica en las instituciones sociales o políticas, sino en la debilidad y en la imperfección de la naturaleza humana”. El comentario polémico de Kennan, notable teórico de la política exterior norteamericana, sostiene que el origen de todas las calamidades que afectan gravemente a las instituciones está en la depravación individual. Comparto la penetrante y coherente tesis de Kennan, ya que instituciones políticas como el Congreso de la República, o instituciones gubernamentales como el Ministerio de Relaciones Exteriores, existen y perduran más allá de quienes las administren temporalmente. Por eso, por deficiente que ocasionalmente pueda llegar a ser una institución, se mantiene con firmeza ya que toda institución aspira a permanecer en el tiempo. Pensé encabezar el artículo con el solemne título: “De la perdurabilidad de las instituciones”, pues resume lo que intento defender en el mismo.




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