La difusión de videos que revelan reuniones no oficiales del presidente José Jerí con empresarios chinos ha terminado de perforar su frágil capital político. La ciudadanía no es ingenua y sabe leer entre líneas: cuando un jefe de Estado se mueve en las sombras, lejos de la agenda oficial y sin explicaciones claras, lo que se activa no es la curiosidad, sino la sospecha. Y en un país entrenado por décadas de corrupción, esa sospecha suele tener fundamento.
Las cifras lo confirman. La aprobación presidencial cayó de 51% a 41% y la desaprobación escaló hasta el 49%, según Datum. Más contundente aún es el sondeo del IEP, que ubica el rechazo en un 56%. No se trata de un desgaste natural del poder, sino de una caída abrupta provocada por la percepción de que el presidente cruza líneas que nunca debió cruzar.
A estas alturas, ya no sirven los gestos, el maquillaje comunicacional ni las campañas para levantar la imagen. El mensaje ciudadano es claro y mordaz: no se gobierna a escondidas ni se negocia en privado lo que debe ser público. Cuando la confianza se pierde, no hay spot, discurso ni victimización que la recupere. Y cuando el presidente insiste en minimizar lo evidente, lo único que logra es acelerar su propia caída.




