El lunático exfiscal José Domingo Pérez podría ser determinante en la campaña electoral. Su torpeza, ausencia de escrúpulos y enajenación han alcanzado un límite insuperable con su errónea decisión de asumir la defensa legal del golpista Pedro Castillo, un hecho que aniquila la ética y pulveriza los valores que se le pueden exigir a cualquier servidor público judicial pero que, sin duda alguna, el aludido no tiene.
La insólita decisión es crucial porque aterriza en el epicentro de la campaña y a un paso de una segunda vuelta a la que la candidata de Fuerza Popular, Keiko Fujimori, avanza segura, luego de haber venido denunciando en los últimos 20 años una persecución judicial de matices políticos.
Entonces, si alguna duda había de que la hija de Alberto Fujimori había sido sometida a las horcas caudinas de la justicia con la labor de fiscales politizados y sometidos a su propio odio visceral, JDP la ha despejado y le ha dicho a todo el país que es un comunista consumado, un rehén ideológico de la izquierda más abyecta y que fue desde esa fermentada postura que investigó el fracasado Caso Cocteles.
Ahora, Keiko Fujimori tiene en el impúdico reconocimiento de JDP un arma más para blandir en la campaña y, en su guerra contra el antivoto, agitar ante sus electores el mensaje de que estuvo 16 meses en prisión injustamente y que ganar la presidencia sería, también, un acto reivindicativo.
Así, podría justificar, con pruebas, que en su largo camino a la presidencia ha sido una histórica víctima del desquicio descomunal y el salvaje encono que putrefacta a la izquierda.




