Si realizamos una reflexión sobre lo ocurrido el pasado 12 de abril, la pregunta que surge es la siguiente: ¿la informalidad es el común denominador? La economía acapara este fenómeno para explicar, entre otras consecuencias, el comportamiento de un mercado paralelo. Sin embargo, la informalidad se manifiesta en las dimensión social, cultural y política de nuestra sociedad. En lo social, el debilitado respeto por las normas es palpable cuando buscamos “darle vuelta a su sentido y alcance” (anomia). En lo cultural, el individualismo, la dificultad para trabajar en equipo, la falta de claridad para adoptar una posición y siempre quedar bien es común en la vida diaria. Finalmente, la informalidad política se evidencia en partidos improvisados y candidatos sin preparación para administrar la cosa pública. Si el 80% de la economía subyace en la informalidad, es el centro de gravedad que dicta cómo se mueve la sociedad, la política y el mercado.
El traslado de actas electorales por medio de taxis, resolver la no apertura de mesas de sufragio exonerando las multas; que los candidatos presidenciales propongan refundaciones republicanas y asambleas constituyentes; sumada con la activa presencia política de la minería informal, el Vraem y la apología al terrorismo, consecuencias palpables que el Perú formal es la periferia, mientras que el Perú informal es su dinámica.
Si las reglas básicas de convivencia ya son ignoradas por la anomia social, cambiar la Constitución no va a resolver la informalidad. Por eso, la convocatoria de una asamblea constituyente y refundaciones republicanas desde la informalidad equivale a incendiar la pradera.




