Lionel se convirtió, ayer, en el máximo goleador de la historia de los Mundiales. Una hazaña gigantesca, construida durante cinco Copas del Mundo y casi veinte años de carrera. Sin embargo, no falta esa voz latente, lejana pero persistente, que cuestiona el récord partiendo de la calidad de los rivales a los que le tocó enfrentar Argentina. “Sí, pero fue contra Argelia”. “Austria no es una potencia”.
Es un fenómeno intrigante. Cuanto más grande es el logro, más creativas se vuelven las excusas para reducirlo. Por supuesto, de más está decir que esto no pasa con el argentino promedio, en ese caso el logro se ensalza a su máxima expresión. Pero ese es otro tema.
Lo curioso es que este mismo Mundial nos viene enseñando que la discreción de un rival es cada vez más difícil de definir. Hace unos días celebrábamos que Cabo Verde le empatara a Uruguay y sostuvimos que ya no existen selecciones que vayan de turistas. Que Japón dejó de ser una sorpresa. Que Marruecos hace tiempo no pide permiso. El mapa del fútbol cambió.
Pero basta con que Messi rompa un récord para que algunos vuelvan al viejo esquema. Entonces reaparece esa distinción tan cómoda entre rivales “que cuentan” y rivales “que sirven para inflar estadísticas”.
Si creemos que el fútbol mundial acortó ciertas distancias, también debemos aceptar que los récords se construyen contra los rivales que el calendario pone delante, no contra los que la nostalgia considera suficientemente dignos.
Nadie reparó demasiado en si los anteriores máximos goleadores del torneo tuvieron víctimas de bajo pedigrí. Los récords nunca funcionaron así, se construyen con continuidad, vigencia y una obsesión enorme por esa explosión de júbilo que solo puede producir un gol. Y en eso Messi ha sido implacable.
Con veinte años desbordaba. Con treinta ganaba partidos solo. A los treinta y nueve administra los tiempos con la suficiencia de quien ya leyó ese libro. Cambió la velocidad por la inteligencia, la explosión por la pausa. Lo único que no cambió fue su relación con el gol.
Claro que Argentina todavía tendrá desafíos mucho más exigentes. Austria fue un paso más y los cruces terminarán colocando delante rivales de otra dimensión. Eso no soporta discusión. Lo absurdo es creer que esos partidos pueden convertir en más o menos histórico un récord como el que acaba de romper Lionel.




