A tres meses de las elecciones presidenciales, el Perú bosteza. No por falta de ruido —escándalos sobran— sino por exceso de decepción. Los nombres se repiten como un disco rayado: Rafael López Aliaga, Keiko Fujimori, Carlos Álvarez, Mario Vizcarra, Alfonso López Chau. Todos en los primeros lugares y, sin embargo, ninguno logra despegar más allá del raquítico 12%, según DATUM. Es una carrera donde el público, cansado, ya ni mira la pista.

Las cifras son más elocuentes que cualquier mitin. El 60% se siente poco o nada informado; el 70% aún no sabe por quién votará; el 77% ni siquiera ha buscado información sobre algún candidato. La democracia, al parecer, está en modo avión. No por ignorancia, sino por hartazgo. El ciudadano promedio ha aprendido a desconfiar como mecanismo de defensa: mejor no entusiasmarse para no volver a decepcionarse.

Este desapego no cayó del cielo. Es la cosecha amarga de años de promesas incumplidas, de instituciones deshilachadas y de una política convertida en reality show. Cuando el poder se ejerce sin pudor y la impunidad hace carrera, el ciudadano opta por el silencio. Pero ese silencio no es neutral: es un voto adelantado por la resignación. Y la resignación, en política, siempre gana el peor.

Conviene recordarlo, aunque incomode: los gobernantes que hoy detestamos no llegaron por generación espontánea. Los pusimos ahí. Y a los próximos también los pondremos nosotros. Informarse y votar con seriedad no es un acto heroico, es un deber mínimo. No hacerlo es delegar el futuro a los más ruidosos, no a los más capaces.