El 12 de abril los peruanos iremos a votar con la misma disposición con la que uno entra a una calle peligrosa: mirando de reojo, cuidando la billetera y preguntándose qué tan rápido podrá salir. La desconfianza hacia los candidatos es tan alta que una parte significativa del electorado prefiere refugiarse en el voto blanco, viciado o en la indecisión, como si así pudiera lavarse las manos. Pero la democracia no acepta evasiones: aunque no nos guste nadie, igual tendremos que elegir a alguien.

Esto no es una desgracia nueva. A comienzos de siglo, Mario Vargas Llosa lo dijo sin anestesia: “Alan García y Alberto Fujimori “Alan García y Alberto Fujimori agravaron la crisis, añadiéndole una dosis de demagogia, violencia y corrupción tales que, desde entonces, para muchos peruanos de las nuevas generaciones la palabra política resulta ahora indisociable del chanchullo, la mentira, la intriga menuda, la sinvergüencería y, sobre todo, la rapiña”. Desde entonces, para millones de peruanos, la política es sinónimo de lo peor. La prueba está en ese desfile grotesco de expresidentes que han terminado presos, investigados o fugitivos. En el Perú, el sillón presidencial parece tener más conexión con el INPE que con el servicio público.

Por eso no sorprende que, según la última encuesta de Datum, el 61% de los peruanos no le confiaría ni las llaves de su casa a un candidato presidencial. El 49% tampoco lo invitaría a almorzar. Es decir, no solo no les daríamos poder: ni siquiera les daríamos comida. Hemos llegado al punto en que nuestros aspirantes a gobernarnos generan menos confianza que un extraño que toca la puerta pidiendo ayuda

Y cuando creímos que la llegada de José Jerí podía romper el hechizo de la mediocridad, el resultado fue un déjà vu. Promesas de cambio, gestos grandilocuentes y, al final, el mismo espectáculo de improvisación.