El conteo de votos se encuentra prácticamente concluido y la ventaja de Keiko Fujimori supera ampliamente el margen que podría ser revertido con las pocas actas pendientes. Todo indica que el país ya tiene una presidenta electa y que el largo capítulo electoral está llegando a su fin. Sin embargo, lo verdaderamente importante comienza ahora. Las elecciones sirven para elegir gobernantes; la historia los juzga por su capacidad para cumplir lo que prometieron.
La propia Keiko Fujimori parece haber asumido esta realidad. Sus recientes declaraciones transmiten confianza y proyectan la imagen de quien se prepara para asumir el poder. Pero la euforia de la victoria dura poco cuando se enfrenta a la complejidad de gobernar. Dentro de muy poco ya no serán los discursos ni las promesas los que definan su gestión, sino los resultados. Los peruanos han escuchado durante años compromisos sobre seguridad, crecimiento económico, salud y lucha contra la corrupción. Lo que esperan ahora son soluciones concretas.
Por otro lado, la actitud asumida por Roberto Sánchez abre una reflexión igualmente importante. En toda democracia, el derecho a presentar observaciones e impugnaciones forma parte de las garantías del sistema electoral. Sin embargo, cuando las evidencias no acompañan las denuncias, el riesgo es convertir el legítimo reclamo en una estrategia para desconocer una realidad política adversa. La democracia no solo exige saber ganar; también exige saber perder.
Resulta llamativo que cuestionamientos tan severos y radicales aparezcan precisamente cuando los resultados no favorecen a la candidatura presidencial de Juntos por el Perú.




