En el actual contexto electoral, no solo importará quiénes pasen a segunda vuelta, sino también quiénes decidan no participar. El ausentismo no es un dato menor. En la segunda vuelta de 2021 alcanzó cerca del 25%, en una elección que se definió por poco más de 44,000 votos. Es decir, la decisión —o la no decisión— de miles de ciudadanos terminó siendo determinante. El resultado es conocido. La elección de Pedro Castillo abrió un periodo de inestabilidad política, debilitamiento institucional y deterioro de la gestión pública.

Cuadros técnicos fueron desplazados, la incertidumbre se instaló y el país dejó de avanzar al ritmo que pudo haber alcanzado. Más allá de las intenciones, el costo fue real. Hoy, ante un eventual escenario similar, en el que propuestas intervencionistas vuelvan a ganar espacio, el riesgo no sería menor. Más aún si uno de los candidatos que eventualmente dispute la segunda vuelta ha sido parte de ese proceso y conoce de cerca sus errores. La diferencia es que, esta vez, podría intentar avanzar con mayor claridad en una agenda que entonces no logró concretarse. Frente a ello, preocupa el discurso de quienes optan por no elegir. Aquellos que, apelando a su dignidad y su conciencia, deciden no tomar partido. Pero la historia muestra que la indiferencia también decide. Dante Alighieri reservó en su Divina Comedia un lugar para los indiferentes: el Antiinfierno. Aquellos que, en vida, no tomaron posición. Para él, eran los más despreciables. En política, no elegir también es elegir. Y, a veces, el costo de esa indiferencia lo terminaría pagando todo el país, sobre todo los más vulnerables, mientras las brechas sociales continuarían ampliándose.

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