La independencia política no fue un evento culminante que otorgó libertad automática, todavía existen barreras estructurales que limitan el pleno ejercicio de los derechos. Uno de ellos es la falta de democratización y formalización de la propiedad privada. Sin su acceso difundido, el concepto de ciudadanía se reduce a una aspiración, perpetuando la desigualdad cuando la prosperidad es privilegio de pocos.
También sumamos la poca difusión del pensamiento ilustrado y falta de consolidación de una cultura cívica liberal y democrática desde la escuela. Sin una educación que fomente el pensamiento crítico, la sociedad queda expuesta tanto al populismo como al caudillismo. Una vulnerabilidad que empeora cuando también falta una judicatura que haya conquistado su real independencia e inamovilidad frente al poder político, pues sin garantizar la igualdad ante la ley, la libertad termina perdiendo su propia sustancia.
El autoritarismo y los golpes de Estado debilitaron la institucionalidad. Las distintas asambleas constituyentes convocadas con el propósito de “refundar” el país dinamitaron la continuidad normativa, sin consolidar lo avanzado, corregir los errores y atrapando a la nación en un perpetuo reinicio. La independencia sigue siendo un proceso inconcluso si no se democratiza y difunde la propiedad, si no se garantiza una justicia imparcial, no se abren los mercados y no se edifica un sólido Estado Constitucional de Derecho que ponga fin a la inestabilidad política.




