En un partido político pueden faltar recursos económicos para su sostenimiento y presencia al interior del país. También puede carecer de locales propios y presentar dificultades para alquilar, con un mínimo de mobiliario y la logística necesaria. Sobre la ideología política de la organización, sabemos que puede moderarse con el tiempo y las circunstancias, pero sin giros radicales. Sin embargo, lo que jamás puede faltar, pues brinda unidad al proyecto, es la lealtad.
La lealtad política implica un compromiso moral o estratégico en favor de una causa común, hacia una institución, un líder o la ciudadanía. Se pueden identificar tres dimensiones. La primera es la fidelidad a la Constitución y al Estado de Derecho. La segunda es la lealtad partidaria, es decir, una adhesión ideológica a su organización, principios y programa para mantener la cohesión y gobernabilidad. Finalmente, la tercera es la lealtad personal, que es un fuerte vínculo con el líder, útil para consolidar el poder, pero sin una fe ciega que evite su devenir en el autoritarismo.
Al frenar la deserción del partido y el transfuguismo congresal, la lealtad política motiva la crítica constructiva en el interior de la organización y el grupo parlamentario cuando las cosas no marchan bien; su verdadero valor radica en priorizar el marco institucional y el bien común por encima de los intereses de cualquier grupo de poder; porque, al final del día, la verdadera lealtad se demuestra diciendo la verdad, aunque sea incómoda.




