Durante siglos, la humanidad protegió a los niños y jóvenes de las malas influencias. Pero el siglo XXI abrió un territorio nuevo: el mundo digital. Hoy millones de menores ingresan desde edades muy tempranas a redes sociales y plataformas diseñadas para captar atención, generar dependencia emocional y recolectar datos personales. Los algoritmos aprenden gustos, hábitos, temores y psicológicas de niños y adolescentes mucho antes de que ellos tengan la madurez suficiente para comprender los riesgos de esa exposición permanente. El problema no es solo educativo. La infancia y la adolescencia forman un gran grupo muy frágil frente al nuevo poder tecnopolítico. Mientras las familias y los Estados avanzan lentamente, las plataformas tecnológicas operan con gran velocidad sobre la mente y las emociones de las nuevas generaciones. Por eso surge en distintos países la necesidad de imponer legalmente una mayoría de edad digital para poner límites, controles y mecanismos de protección frente al uso indiscriminado de plataformas digitales por menores y adolescentes. Europa reacciona con exigencias de verificación de edad y regulaciones sobre contenidos nocivos. Se trata de que los jóvenes no sean objeto de manipulación comercial y emocional desde edades tempranas. Esperamos que en esta era de la inteligencia artificial las democracias sean capaces de proteger los territorios físicos pero también y especialmente la libertad mental y emocional de niños y jóvenes. La Unión Europea fijará pronto esa mayoría de edad digital en 15 o 16 años y ya tienen el software para lograr que ese límite se cumpla. Que el Perú lo replique en cuanto sea posible para proteger y defender la mente de quienes pronto serán el relevo generacional que conducirá o rescatará nuestro país. Y lo hará con la mente más libre y el espíritu crítico protegido para pensar mejor el país que queremos.