Uno de los mayores desafíos de cualquier gobierno es reducir la distancia entre el Estado y los ciudadanos. Durante décadas, el centralismo ha alimentado la percepción de que las decisiones se toman desde Lima sin conocer plenamente la realidad de las regiones. En ese contexto, la decisión de la presidenta Keiko Fujimori de iniciar su gestión con visitas al interior del país envía una señal que merece ser observada con atención.

En menos de una semana al frente del Ejecutivo, la mandataria ha visitado Junín y Piura, en concordancia con el compromiso expresado en su mensaje a la Nación de fortalecer el diálogo con las autoridades regionales y locales y promover un trabajo articulado entre los distintos niveles de gobierno. La presencia de la máxima autoridad del país en las regiones no resuelve, por sí sola, los problemas estructurales, pero sí puede contribuir a conocer de primera mano las necesidades de la población y a acelerar la toma de decisiones.

Gobernar desde el terreno implica mucho más que realizar visitas protocolares. Significa escuchar, coordinar, supervisar el avance de las obras y verificar que las políticas públicas respondan a las particularidades de cada región. También significa hacer seguimiento para que se concrete lo ofrecido en cada visita a través del trabajo de los ministros.

El Perú necesita precisamente esa articulación. El inicio de esta nueva etapa ofrece la oportunidad de fortalecer la relación entre el Estado y las regiones.

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