La decisión del Tribunal de Justicia venezolano que suspende las elecciones primarias forma parte del sistema para anular oportunamente a sus adversarios políticos. Los opositores Henrique Capriles, Juan Guaidó y ahora Corina Machado son funcionales al régimen hasta volverse peligrosos. Los métodos de exclusión son distintos: la desacreditación, el desgaste político o simplemente impedir postular a la presidencia. En cualquier caso, el régimen venezolano cuenta con la oposición política para exhibir un aparente respeto a las libertades básicas, a diferencia de Cuba que tiene partido único y Nicaragua donde Daniel Ortega arresta a sus rivales electorales.

La presencia de la oposición forma parte del modelo venezolano de socialismo del siglo XXI. El régimen busca legitimarse dejando exhibir a un líder opositor en medios internacionales y haciendo campaña, pero apenas los servicios de inteligencia advierten un riesgo a sus intereses de perpetuidad será momento de retirarlo del escenario electoral. Desde la oposición surgirá otro líder y se reinicia el círculo vicioso. La persecución y cárcel a los opositores, menos que una opción funciona como amenaza tras la experiencia con Leopoldo López que supo afrontarla casi como un mártir de la democracia.

La estrategia es construir el relato internacional que Venezuela atraviesa por una coyuntura de una fuerte oposición, pero goza de elecciones libres y periódicas. Es  la respuesta que repiten sus simpatizantes y candidatos presidenciales en Iberoamérica. La realidad es que Venezuela ha diseñado un sistema de gobierno asistido por un servicio de inteligencia, que reconoce una oposición política, convoca elecciones periódicas y donde siempre gana Maduro.

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