Perú es una nación en proceso de construcción, tanto cultural, social, política, como económica, y el deseo común de lograr el florecimiento definitivo de nuestra patria, es superior. Aunque los enemigos del interés nacional multiplican esfuerzos para destruir cualquier avance, esparcir la semilla de la discordia e imponer la desesperanza como hecho indubitable, para que todo permanezca en estado decadente, los errores persistan y sus microscópicos intereses políticos no se vean afectados, debemos recordar y estar seguros que es infinitamente superior el deseo de prosperar en todas las variables mencionadas, y que es mayor la porción de ciudadanos que están interesados en corregir los defectos que arrastramos. Es un hecho, los enemigos del actual Gobierno (personas que han hecho del antifujimorismo el fundamento de su existencia periodística y política), no reconocerán nada productivo y persistirán en sus dogmas antifujimoristas, intentando dar una imagen de desolación, ya que en ellos domina un imponente rencor, unido a una mentalidad baja y una mirada microscópica de la política. El actual Gobierno tiene el deber de silenciar a sus críticos de antaño mediante ejecuciones de obras públicas, infraestructura, prosperidad económica, etc. La transformación del país es el único recurso disponible para dinamitar a sus críticos, y así, aliviar las tensiones sociales y acabar con la lógica maniquea impuesta desde hace décadas. La plegaria del Perú, escrita por José de la Riva-Agüero y Osma en 1935, dice algo precioso: “Tú conoces, Señor, que en los peruanos ha habido más debilidad que malicia. Destierra la vanidad y la pequeñez, la envidia y el egoísmo, las rencillas y los odios”.




