Durante años Brasil incurrió en una idea errada que pareció establecerse como una estrategia de juego, como una propuesta táctica: confundir a Neymar con un plan de acción.

Si el equipo se apagaba, Neymar era la respuesta. Si el rival dominaba, Neymar tenía que interrumpir ese dominio. Si faltaba imaginación, Neymar, por supuesto. Brasil no construía respuestas; esperaba que apareciera su estrella. No era un proyecto futbolístico, era una dependencia silenciosa pero evidente. Carlo Ancelotti parece haber puesto punto final a esa insana costumbre.

Ayer, Brasil goleó a Escocia, se adueñó el primer lugar del grupo y ofreció, quizá por primera vez en mucho tiempo, la imagen de un equipo que sabe perfectamente quién es, incluso cuando Neymar no está en la cancha. Vinícius lideró y el colectivo respondió. Cuando el partido ya estaba resuelto y la goleada consumada, recién entonces reapareció el “10”. El orden de los hechos no fue casualidad, fue un mensaje contundente.

Los grandes entrenadores no acuden a sus ídolos cuando los necesitan, no creen en la dependencia. Acuden a ellos cuando dejan de necesitarlos y, más bien, les son útiles. Ancelotti entendió algo que Brasil llevaba demasiado tiempo ignorando: ningún futbolista, por extraordinario que sea, debería cargar con la obligación de sostener una selección entera. Mucho menos uno que ha pasado buena parte de su carrera internacional intentando satisfacer expectativas casi imposibles.

Neymar no regresó para salvar a Brasil, volvió porque Brasil, por fin, dejó de pedir que alguien lo salvara. Las selecciones campeonas no son las que encuentran un héroe. Son las que construyen un equipo capaz de sobrevivir incluso a sus ellos. Argentina terminó encontrando una estructura que potenciaba a Messi. Francia hace lo propio con Mbappé. Brasil, en cambio, desperdició durante años el talento de Neymar exigiéndole resolver problemas que nunca debió cargar sobre sus espaldas.

La visión política de Ancelotti empezó a corregir ese pecado. Su mayor acierto no fue táctico, fue político. Le devolvió la corona a Neymar cuando el reino ya estaba en orden. Le quitó la obligación de rescatar y le concedió el derecho de disfrutar, de tomarse el tiempo necesario para reconocer su trono. Parece un matiz, pero es una revolución. Porque el mejor Neymar no es el que juega ansioso por justificar su leyenda. Es el que entra en un equipo que ya aprendió a ganar sin él.

Brasil no recuperó únicamente a su máxima figura, recuperó algo mucho más necesario: el sentido común.

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