La resaca electoral dejó varios muertos e innumerables dolores de cabeza como lecciones de campaña política. Lo que más resalto es la caída del mito denominado redes sociales, proliferadas por algunos mozalbetes que jugaron a ser jaladores de votos en ese mercado persa que se convierte el país. ¿Qué saben hacer los influencers? Llamar la atención mostrando poses ridículas y torpes. Pero nada de elecciones, menos de estrategias para convencer al electorado joven. En comunicación nada funciona si no hay un mensaje claro. Y eso parece que olvidaron algunos.

El voto joven, que bordeaba el 30 % del electorado, no era tan fácil. Algunos pensaron que contratar a algunos analfabetos bailarines iba a seducir a los menores de 30 años. Es decir, creyeron que los consumidores de redes sociales eran brutos e ingenuos. Se equivocaron o subestimaron a los nuevos ciudadanos. Lo que no recordaron es que los influencers llenan el espacio de ocio de algunos, tienen imagen de vagos con fortuna, de malabaristas de la vida, y de ninguna manera son ejemplo a seguir. Solo saben hacer dinero, y de eso no se trataba la elección.

Las campañas en redes sociales no funcionan bien si te la pasas todo el tiempo ridiculizando al candidato para hacerlo viral y conocido. Por el contrario, esto le resta seriedad y transforma al político es un meme, en un candidato sin sentido, sin propuestas. Aquellos que hoy están en la puerta de la segunda vuelta no necesitaron convertirse en el hazmerreír para captar más votos, sino ser empáticos con la necesidad de los ciudadanos. Estas elecciones dejan una lección que jamás olvidarán, un aprendizaje sobre las campañas banales, y remarca la idea de que los jóvenes también son serios al votar.