La Revolución Francesa que hoy, 14 de julio, conmemora 232 años de aquella gesta que cambió la historia de la humanidad, al tirarse abajo la monarquía absoluta del rey Luis XVI y del denominado Antiguo Régimen que él encarnaba, debería servir como mayor acicate para los pueblos de Cuba, Nicaragua y Venezuela, cuya democracia sigue secuestrada por las tiranías que gracias a las armas y a la represión, siguen pertrechados controlando el poder político y el destino de la gente.

El día de la histórica revolución parisina fue martes y en esa fecha, las fuerzas revolucionarias francesas tomaron por asalto el antiguo recinto medieval de la Bastilla que se había alzado en símbolo del despotismo monárquico. El rey de Francia y su esposa, María Antonieta, guillotinados poco tiempo después, fueron los últimos inquilinos del Palacio de Versalles, recinto convertido en la frivolidad e indiferencia monárquicas, que imperó por varios siglos en ese país, y en donde por los interminables festines de la nobleza, denotaban un enorme desprecio por las necesidades sociales en el reino. La Revolución no fue obra del pueblo en sentido estricto, sino de la burguesía, que como ahora, era la clase pensante.

Sus exponentes fueron los célebres representantes de la Ilustración –Rousseau, Voltaire, Montesquieu, Diderot, D´ Lambert, etc.,–, aplaudidos intelectuales y enciclopedistas por cuyas reflexiones filosóficas fue frontalmente cuestionado el derecho divino que predominó por muchos siglos como causa perfecta para justificar el mantenimiento del poder político. A los caprichos cortesanos, donde los reyes sin inmutarse se ufanan decir, como Luis XIV, que “El Estado soy yo”, irrumpió la idea universal de que todos los hombres somos iguales por naturaleza, también conocido como iusnaturalismo.

Así, la soberanía del monarca pasó a la soberanía del pueblo. Esto último fue lo más extraordinario porque a partir de ese momento la democracia cobró vida como el más preciado sistema político de las naciones y pegado a ella el valor de la libertad y de los derechos humanos nunca jamás atendidos como a partir de ese memorable acontecimiento. La libertad de la Revolución de 1789 es la misma libertad por la que HOY debemos luchar en nuestros países. Permanecer en silencio será lo mismo que mostrarse cómplice.

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