La tierra se sigue moviendo en nuestro país. El sismo registrado ayer en Ayacucho, que fue percibido en regiones como Ica, Arequipa, Huancavelica, Cusco, Apurímac y Lima, vuelve a recordarnos que el Perú vive bajo una amenaza que no podemos evitar, pero sí enfrentar con responsabilidad.

Lo primero es atender a quienes resultaron afectados. Las autoridades competentes deben actuar con rapidez, identificar daños, asistir a las familias damnificadas y garantizar que nadie quede abandonado frente a una emergencia. En estas circunstancias, la burocracia no puede ser más rápida que la ayuda.

Pero el problema no termina con la atención de los daños. Cada sismo debería convertirse en una oportunidad para revisar cuánto hemos avanzado —o cuánto seguimos postergando— en materia de prevención.

El Perú forma parte del denominado Cinturón de Fuego del Pacífico, una zona de intensa actividad sísmica. Los especialistas han advertido sobre la posibilidad de que nuestro país enfrente en algún momento un terremoto de gran magnitud. No sabemos cuándo ocurrirá. Precisamente por eso debemos estar preparados.

La prevención no puede reducirse a tener una mochila de emergencia guardada en algún rincón de la casa. Es necesario conocer las rutas de evacuación, identificar zonas seguras, establecer protocolos familiares y laborales y, sobre todo, participar seriamente en los simulacros. No son una pérdida de tiempo ni una formalidad: son ensayos para una emergencia real.

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