Si los cálculos políticos no fallan, María del Carmen Alva (Acción Popular) debe convertirse esta noche en la cuarta presidente de la República de este periodo, tras la previsible censura de José Jerí, ayer, en otro arrebato legal del Parlamento, en una decisión que deja serias dudas sobre su constitucionalidad.

¿Fue justa la salida de Jerí? Sin dudas, sí. ¿Era lo que más le convenía al país, a su imagen y a su precaria institucionalidad? Definitivamente no, pero era difícil que este Congreso analizará el caso más allá de su empavonada lupa electoral y se detuviera a pensar en todo lo que paraliza una destitución de este tipo en términos de gestión pública o en la percepción de Estado-suicida que tiene el Perú a nivel internacional.

Entonces, una idea que no tiene por qué ser descabellada es que Alva pueda mantener a la mayoría de integrantes de este Gabinete, incluyendo a Ernesto Álvarez en el premierato. Lo mejor de lo que queda debe ser rescatado para que decisiones gravitantes como las de Petroperú, el orden fiscal o el inminente plan contra la inseguridad sigan su curso y no se vean afectadas por el instinto de kamikaze que sobrevive en el alma de la dinámica política nacional.

En el balance, habrá que decir que el Perú ha vuelto a apostar por la transición y que esta fase, que debería ser excepcional, se ha vuelto perpetua. La necesidad de cortar estos ciclos es urgente porque el daño para el país parece no ser apreciado en su verdadera dimensión. El próximo Senado tiene ese desafío. A tal punto ha llegado nuestra desesperanza con la estabilidad que ya no aspiramos a tener un próximo buen presidente, sino uno que al menos dure los cinco años.