Cualquiera sea el resultado de las elecciones, el próximo gobierno tendrá que lidiar con un Congreso fragmentado que hará difícil cualquier pacto político. Si algo hemos aprendido los últimos años es que los pactos políticos son los que permiten un mínimo de gobernabilidad. Necesitamos pactos de Estado, pactos que nos permitan avanzar mínimamente, es urgente que aprendamos a convivir sobre mínimos comunes realistas y posibles. Esto no significa transigir en lo esencial. La necesidad de construir espacios de diálogo es lo propio de todos los países eficientes, no el estado de guerra perpetua fomentado por el radicalismo de los últimos años.
La pulsión autocrática provoca necesariamente el sectarismo y la división. A más autoritarismo, más división. La política consiste en lograr consensos que hagan viable el bien común, no en imponer la voluntad personal por encima de cualquier alianza medianamente racional. Si algo nos enseña la historia peruana es que el caudillismo de nuestros líderes siempre ha tenido un final trágico, ya sea por la razón, ya sea por la fuerza. Con todo, hemos de meditar nuevamente sobre el fin de los cesarismos peruanos: todos terminan destrozados a los pies de la estatua de Pompeyo.
El verdadero liderazgo está fundado sobre el sacrificio. El que conoce la ciencia del sacrificio es capaz de atraer facciones y forjar coaliciones efectivas y duraderas. El enemigo público es el que pretende destrozarnos internamente, el que busca la división de los piensan de manera semejante, el que provoca el incendio revolucionario para imponer una dictadura de pensamiento único, una dictadura en la que se beneficia su camarilla, pequeña, pero bien organizada. Esta es la gran amenaza: que, por evitar el sacrificio, el Perú entero termine inmolado en el altar de Moloch.




