La imperiosa necesidad de combatir males como la corrupción y el abuso del poder requieren, en una República como la nuestra, el funcionamiento efectivo de la división de poderes para que en uso de su autonomía y jerarquía similar, se controlen y vigilen mutuamente evitando arbitrariedades.

Desde 1993 con la Constitución vigente, el Poder Legislativo es unicameral, integrado por 130 congresistas. Hemos sido testigos directos del manejo, muchas veces arbitrario, en este poder del Estado.

Para acelerar la aprobación de algunos proyectos de ley, se los exonera del requisito de la segunda votación a producirse tras un nuevo debate y votación a no menos de siete días de la primera. Con esto se deja de lado la posibilidad de una exposición seria y una votación con conocimiento de causa que eviten normas que luego tendrán que ser corregidas.

El Poder Legislativo requiere reflexión para fiscalizar y aprobar leyes necesarias. Sin embargo, la unicameralidad y la pretensión de legislar rápida y oportunamente lo lleva a incurrir en errores que van desde incoherencias legislativas hasta la aprobación de normas populistas o inconstitucionales.

Se ha puesto en debate en el Congreso la posibilidad de aprobar el retorno de la bicameralidad: un Senado elegido en distrito nacional y una Cámara de Diputados por distritos regionales. Creemos que pese a no ser popular, su aprobación permitiría lograr mayor capacidad de reflexión desde el Poder Legislativo. Esto no implicaría mayores gastos.

Con dos cámaras se eliminarían segundas votaciones y exoneraciones. Podría también lograrse mayor especialización en temas de control político a cargo de los diputados, y en el nombramiento de los funcionarios de las instituciones constitucionales, entre otras ventajas.

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